Concurso

Published on febrero 13th, 2017 | by colegioguzmanelbueno.es

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I Concurso de Relato Corto (Diciembre 2016)

El I Concurso de Relato Corto del colegio Guzmán el Bueno de Madrid es una iniciativa dirigida a los alumnos del Centro, para premiar y reconocer la creatividad de los mismos.

El Primer Premio recayó en Alejandro Jiménez Pestana, alumno de ESPA II, por su relato “Suena el timbre afgano”.

El Segundo Premio se otorgó a la alumna de 4º de la ESO, Aitana Alonso Jiménez, por su obra “La verdadera identidad de las sombras”.

A continuación os dejamos los dos relatos para su lectura y reconocimiento:

 

 

 

SUENA EL TIMBRE AFGANO

Alejandro Jiménez Pestana

Hoy ha llegado el día, llevas mucho tiempo insistiendo, eres mi sobrino y creo que debes saber el por qué de nunca haber conocido a tu padre.

Bien, todo comenzó cuando yo no era más que un crío, apenas tenía dos años y tus abuelos, mis padres, comenzaron los trámites de la separación, mi madre era la mujer más cariñosa y luchadora que haya conocido jamás, ella no era muy alta, tenía una larga melena rizada color castaño y unos ojos verde esmeralda, ella fue la que decidió separarse porque no aguantaba más el egoísmo de mi padre, quien entre falsos sollozos y gran afán de victimismo mentía sobre que podía cambiar, mamá con todo el dolor de su corazón renunció  a la custodia ya que su baja remuneración no era para nada suficiente para mantener a dos hijos, papá se quedó los niños, la casa y una pensión alimenticia cada mes, mamá por su parte compró un estudio en el que poder vivir, era tan pequeño que allí no podrían vivir ni las ratas, dormitorio, salón y cocina compartían el mismo espacio, lo único separado era el baño y una pequeña terraza, tu padre y yo vivíamos con papá una semana y cinco días de la siguiente, mientras que con mamá sólo estábamos tres días el fin de semana, no hace falta decir que mi hermano, tu padre, era mayor que yo, por aquel entonces él tenía once años. Mamá hizo lo posible para poder ganar dinero y ser capaz de mantenernos a mi hermano y a mí, ya que era infeliz viendo como nos faltaba el afecto de una madre y a ella el cariño de sus hijos, trabajaba de camarera para poder pagar su piso, recuerdo que había días que llegaba a casa tan cansada que se metía en la cama con la ropa puesta y en apenas cinco minutos sonaba su siguiente despertador, porque sí, estaba pluriempleada a día y noche.

No recuerdo mucho más sobre mi infancia, salvo que a los diez años llegaría lo peor para un niño, mamá resultó enferma de la espalda, se tuvo que someter a una peligrosa operación de la que salió airosa, pero en su salida del hospital se encontró con que en su estado no podía trabajar y fue despedida de su trabajo teniendo que guardar reposo en casa, poco después se encontró con una puñalada trapera, la casera consciente de su estado laboral y de salud no se lo pensó dos veces a la hora de subirle el alquiler, teniendo así que pagar una fortuna por un cuchitril de apenas treinta metros cuadrados, es aquí cuando llegó para mí la peor noticia hasta el momento, mamá se vio obligada a abandonar la ciudad, una antigua amiga de instituto la acogió en su hogar, que para llegar había que cruzar medio país.

Había pasado de verla un fin de semana cada dos a tan solo un mes al año, la situación en casa no mejoraba, sacaba malas notas, con los gritos y amenazas que eso suponía, mi adolescencia se basó en refugiarme en mis amigos y temer cada vez que llegara a casa para escuchar más y más gritos.

Todo esto cambió cuando terminé el instituto y papá tenía otras preocupaciones, él pasaba de echarme más broncas y yo de recibirlas, aunque seguía sin ver a mamá, por fin pude llegar a decir sinceramente ser feliz. Hice unos muy buenos amigos de verdad y me enamoré de una chica maravillosa, a todo esto tu padre rondaba ya los veinticinco años y llevaba trabajando los últimos cuatro en el ejército, por falta de estudios no llegó a más que soldado, pero eso no le impidió vivir con su novia, la que es ahora tu madre, y tener una vida humilde y feliz.

Tu padre, después de muchos desfiles y antes de ser nombrado cabo, fue destinado en una misión a Afganistán, país en conflicto. Le dejaban hacer una llamada a la semana, en casa la esperábamos con impaciencia y con cierto temor por si un día no llegaba o no era él quien llamaba.

Recuerdo que en una de sus anécdotas desde el teléfono nos contó que después de limpiar los tanques y el fusil, su sargento divisó a lo lejos con unos prismáticos un camión de carga con varios tubos en forma de misil atados a éste, con temor salieron con los camiones a gran velocidad del campamento a inmovilizar el vehículo y que cuando llegaron sólo resultaron ser unas simples tuberías, con esto nos quiso decir que el miedo estaba a la orden del día.

Lo pasó bastante mal sumando al miedo constante no poder mirar a los ojos a las mujeres de la región por temas políticos, la mala comida y las malas condiciones, aún con esas conseguía dormir plácidamente y en menos de cinco minutos debido al gran esfuerzo y cansancio diario, ya llevaba tres meses de los seis destinados y yo por mi parte ya me había acostumbrado a no convivir con él. Además, me hice a la idea de que cuando volviera, él haría su vida fuera de casa y apenas le vería, pero no me quedaba más remedio que acostumbrarme.

Mamá por su parte pasaba por graves problemas económicos, para no variar, y mucho peores de salud, los huesos cada vez los tenía peor, y no recibía ninguna ayuda por parte del estado, lo cual era injusto porque su minusvalía de la espalda no le permitía realizar prácticamente ningún trabajo, pero las corruptelas priorizan a otros. Yo sentía una enorme impotencia por no poder hacer nada por ella.

Ya era verano y me embargaba la felicidad por encontrarme de nuevo con mamá, pero este año sería diferente ya que la barrera del dinero no daba ni para pagarme un viaje de ida y vuelta, lo que significaba que pasaría dos años enteros antes de volver a verla. No sabía que haría en todo el verano, puesto que la mayoría de mis amigos lo pasaban casi entero fuera de la ciudad, sólo podía salir con la que era entonces mi pareja y no muchos días, ya que se fue a varios sitios durante el verano y apenas estuvo por aquí. Pasaba horas y horas buscando que hacer y cada vez el aburrimiento era peor, hasta que me hice militante de un grupo que hacía recogidas de alimentos para más tarde repartidlos entre los más desfavorecidos, me hacía muy feliz y me llenaba como persona, de una forma u otra me hacía sentir que ayudaba a mamá.

Y el peor y desencadenante día de esta historia llegó, me levanté por la mañana, subí las persianas y abrí las ventanas, era un día soleado y caluroso, apenas amanecía y ya se podía oír a los pájaros canturrear, fui a la cocina para desayunar, me acuerdo perfectamente como si fuera ayer que me hice un par de tostadas con mantequilla y azúcar, apenas terminé y un escalofrío me recorrió todo el cuerpo, como si algo malo pasara, faltaban tan solo dos semanas para que tu padre volviera, pero su llamada semanal ya llevaba dos días de retraso y ya nos temíamos lo peor, no hice nada en toda la tarde, simplemente permanecía en el sofá aburrido cambiando una y otra vez de canal sin variar el resultado.

De pronto el timbre sonó haciendo vibrar toda la casa, papá y yo nos sorprendimos, ya que no esperábamos visita y apenas había gente conocida en la ciudad, nos levantamos ambos para asomarnos por la mirilla y ver quién era, el rostro nos cambió de pronto cuando vimos que nuestro visitante no era para nada agradable, era un policía con la gorra de plato sujeta inquietamente por sus manos dispuesto a darnos la terrible noticia.

 

 

 

LA VERDADERA IDENTIDAD DE LAS SOMBRAS

Aitana Alonso Jiménez

 

Mientras íbamos mi hermano y yo en el tren con destino Francia e iban pasando las horas y nos aburríamos, de repente, mirando por la ventana y al ver como desaparecía el sol, se me ocurrió jugar con nuestras sombras.

Un señor de aspecto extraño, con una larga barba y nariz puntiaguda, se giró al oírme decir sombras y me dijo tartamudeando: –“¿qué has dicho jovencita?”. Yo, creyendo que se dirigía a mí, le dije algo desconcertada: “he dicho sombras” y de inmediato, dirigiéndose a mi hermano y a mí, nos preguntó que si nos importaba escuchar una breve historia relacionada con las sombras. Nosotros, sin dudarlo, le dijimos que no nos importaba, que nos encantaría escucharle.

El señor nos dijo que se llamaba L.V. y a continuación, se puso a hacer extraños ruidos como si estuviera calentando la voz para cantar. Después nos relató su historia.

Todo empezó hace muchos años, cuando mi padre se fue a inspeccionar una pequeña selva en una isla, en medio del océano .Investigando las extrañas especies de animales que iba encontrando, apuntando los olores que podía apreciar y arrancando trozos de la corteza de los árboles, se topó con un pequeño niño, que por los rasgos de la cara parecía un señor con una cierta edad .Esa personita indicando con su pequeña mano y diciendo palabras con un lenguaje desconocido, le pedía que le siguiera. Por la expresión de la cara del hombrecito, estaba aterrado.

Entonces interrumpió la historia para contarnos que su padre se llamaba Lackson y algunos le habían apodado” Lackson el valiente aventurero.”

Mirando al horizonte continuó contándonos que Lackson le siguió rápidamente, porque el hombrecito se había alejado muy deprisa. Echando una pequeña carrera le alcanzó y cuando ya llevaba una hora corriendo, le preguntó  si faltaba mucho para llegar. Pasaban los minutos y no tenía respuesta. Entonces pensó que no le entendía.

Eran las seis en punto de la tarde y por fin habían llegado al destino. Miró a su alrededor y vio pequeñas  cabañas. Muchas eran iguales y  a lo lejos destacaba una algo más grande que las demás, de un color rojizo muy brillante, que a sus laterales tenía otras dos pequeñas cabañas pegadas, que tenían encima de sus tejados joyas hechas de oro. Pudo deducir que era una ofrenda para su dios o sus dioses.

Instantes después se dio cuenta de que el hombre pequeño que le había estado guiando había desaparecido. Decidió investigar ese extraño lugar por su cuenta,  esa extraña aldea, para ver si podía encontrar algo interesante o si podía coger alguna muestra de lo que encontrara en su búsqueda .Después de estar  dando vueltas él pensó  que seguía en el mismo sitio, porque era todo tan igual que no se podía saber si se había movido, pero al mirar al frente, vio que estaba más cerca de la cabaña de color rojo.

Mi hermano  interrumpió al señor y le dijo refunfuñando, que estaba esperando que le contara algo relacionado con las sombras y  él le pidió que no fuera impaciente y que si le dejaba continuar le contaría el final. Mi hermano aceptó y él siguió contando que Lackson oyó un ruido que se repetía continuamente, que se parecía mucho al que hacen los indios cuando ponen los labios en forma de o y con su mano van dándose golpes en la boca y a la vez dicen la vocal “a” repetidamente.  A la vez oía golpes de pasos de muchas personas como una avalancha. Ese ruido continuó sin parar, y cada vez lo oía más fuerte.  Llegó a pensar  que lo estaba oyendo solo en su cabeza y que no era real, y continuó explorando hasta que se dio cuenta de que estaba atardeciendo y cuando el reloj marcó las siete en punto, el ruido paró y se sintió aliviado

Lackson no sabía lo que le esperaba esa noche .Buscó un sitio para dormir  porque estaba anocheciendo y las puertas de las cabañas estaban todas cerradas.  No había luz en ninguna y creyó  que no querían que estuviera ocupando sitio en su aldea. En ese momento le pareció ver una sombra y pensó que era algún hombrecito que venía a ofrecerle cobijo. Estaba equivocado Al cabo de un rato vio otra sombra corriendo pero no apareció nadie. Otra sombra más se cruzó en su camino y  pensó que deliraba porque estaba muy cansado y decidió acostarse aunque se sentía algo asustado.

Eran las cuatro de la mañana y un ruido muy fuerte le despertó y al abrir los ojos no vio nada. Todo estaba oscuro,  ni la luz de la luna iluminaba su escondite.  Empezó a ponerse muy nervioso.  Tenía miedo y no sabía qué hacer.  Buscó en uno de sus bolsillos una cerilla, pero el bolsillo estaba roto y pensó que se le había caído, pero al mirar en el otro se sintió a salvo al tocar la que había guardado allí. La encendió  y vio muchas siluetas de color negro con un aspecto tenebroso a su alrededor intentando atraparle. La cerilla se apagó y empezó a pensar que había llegado su fin, pero se dio  cuenta de que su vida no podía terminar ahí. Decidió que se salvaría como había hecho en otras ocasiones.

Lo que había visto no eran siluetas, eran abominables sombras, por eso no había luz en las casas. Contó hasta tres y con una linterna agarrada en su mano, echó a correr como nunca había corrido. Atravesó el oscuro bosque, se subió en su avioneta y despegó sin mirar atrás. Cuando llegó a su casa besó el suelo y le contó esta historia a todo el mundo. A día de hoy sigue con muchas dudas sin resolver y todos los días antes de que se vaya el sol cierra la puerta con mucho ímpetu, apaga la luz y no se duerme hasta que comprueba que no hay ninguna sombra.

El señor dejó de hablar y  le pregunté  si ese era el final de la historia. Me dijo que no, que la historia continuaría pero no en ese momento ni en ese lugar,  sino  en nuestra vida. Nos advirtió que día a día nos enfrentaríamos a las sombras y la historia continuaría como quisiéramos nosotros, aunque ese ya no era su problema

El hombre cogió sus cosas y sin despedirse, se colocó el sombrero, se levantó y se fue. Mi hermano y yo nos quedamos anonadados y algo desorientados, giramos nuestras cabezas para mirar como poco se alejaba  y al verle de espaldas vimos que en su cazadora ponía “Lackson el valiente aventurero” y nos dimos cuenta de que él era el extraño hombre que había protagonizado la historia que nos acababa de contar.

 

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